El placer de leer sin hacer nada más

Es curioso lo que puede llegar a hacer la mente. A veces quiere estar en mil sitios a la vez. Tú estás en casa, pero ella sigue en el despacho, repasando una conversación, buscando la solución a un problema o recordándote algo que has dejado pendiente.
Mi trabajo tiene mucho de administrativo, pero también mucho de mental. Hay que interpretar, decidir, comprobar y atender asuntos que, para quien te los plantea, son importantes. La cabeza pasa buena parte del día activa y, cuando llega la hora de marcharse, no siempre se da por enterada. Uno cierra el despacho, pero se lleva unas cuantas cosas dentro.
En más de una ocasión llego a casa con ese cansancio que cuesta explicar. El cuerpo podría seguir haciendo cosas, pero la cabeza pide un descanso. Después de uno de esos días en los que vamos como pollos sin cabeza, corriendo de un lado a otro, me gusta refugiarme en el sofá con un libro e intentar desconectar.
El pasado viernes fue uno de esos días. Tenía el escenario adecuado: mi sofá, mi libro y un rato por delante. Parecía fácil. Sentarme, abrirlo y dejar que el día terminara de una vez. Pero la mente todavía tenía otros planes.
Empecé a leer y seguía pensando en las cosas del despacho. Un asunto pendiente, algo que debía revisar, una gestión que tendría que hacer. Mis ojos avanzaban por la página mientras mi cabeza continuaba trabajando por su cuenta.
Tuve que volver atrás. Había leído un párrafo, pero no habría sabido explicar qué decía. Seguro que alguna vez te ha pasado: llegas al final de una página y descubres que has estado en cualquier sitio menos allí.
Tiene su gracia. Después de pasar el día deseando tener un rato tranquilo, cuando por fin lo consigues, eres tú mismo quien se encarga de llenarlo de tareas.
Seguí leyendo. Sin demasiada prisa y volviendo atrás cuando hacía falta. Hasta que hubo un momento en que el libro consiguió hacerse un hueco. Una escena despertó mi curiosidad. Quise saber qué ocurriría después. Y, poco a poco, fui entrando en aquella historia y dejando de repasar las mías, las laborales.
No sabría decir en qué línea sucedió. Me di cuenta un rato después, cuando ya estaba pendiente de lo que les pasaba a los personajes. El despacho llevaba unos minutos fuera de mi cabeza y yo ni siquiera había reparado en ello.
Qué descanso.
A veces esa desconexión se parece al clic del interruptor de la luz. Otras tarda más, como aquella tarde. Hay que darle un poco de tiempo a la lectura, permitir que nos vaya llevando. Al principio todavía se cuela alguna preocupación entre dos frases, pero llega un momento en que la historia ocupa el espacio que necesitaba.
Los asuntos pendientes seguirán ahí cuando cierres el libro. Eso lo sabemos. Pero durante ese rato has descansado de darles vueltas, y también hace falta.
Tengo un hábito de lectura que cuido y no quiero perder: cada día, un ratito como mínimo. Hay días en los que leo más y otros en los que apenas avanzo unas páginas. Procuro mantener ese pequeño encuentro, aunque sea breve.
Y cuando necesito una desconexión mayor, le echo horas extras. Igual que a veces me veo obligado a trabajar más, otras veces me parece justo alargar un poco el descanso. En este caso, además, las horas extras suelen sentarme bastante mejor.
Con los años voy valorando mucho ese placer de leer sin hacer nada más. Sentarme sin la intención de terminar el libro esa tarde, sin contar las páginas que llevo y sin estar pendiente del siguiente asunto. Porque hasta el descanso podemos convertirlo en una obligación. Leer tantos capítulos, acabar antes de tal día, empezar enseguida otro. Y yo lo que quería el viernes era estar a gusto un rato.
Claro que leyendo aprendo, encuentro ideas y descubro maneras distintas de contar las cosas. Como escritor, muchas veces me detengo en una frase o en un diálogo que me gusta. Pero aquella tarde me bastaba con seguir la historia. Acompañar a sus personajes y dejar que ellos se ocuparan de sus problemas. Los míos podían esperar.
También hay días en los que cuesta más. El cansancio gana, la atención se escapa o el libro no consigue atraparme en ese momento. Entonces leo menos. Nuestro ratito de libros también debe permitirnos eso: cerrar por hoy y volver mañana.
El viernes, por suerte, pude quedarme. Cuando levanté la vista, había pasado más tiempo del que imaginaba. Me encontraba más tranquilo y me alegró haber insistido un poco al principio, cuando mi cabeza todavía andaba por el despacho.
Había pasado un buen rato en el sofá, leyendo. Sin hacer nada más.
Y qué bien me había venido.
¿A ti también te ayuda la lectura a desconectar del día a día? ¿Te cuesta entrar en la historia cuando tienes la cabeza llena de asuntos pendientes?
Si te apetece, cuéntanoslo en los comentarios. Me gustará saber cómo encuentras tú ese ratito.
Un abrazo.
Diego Santos
La puerta sigue abierta en diegosantosmarquez.com.
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