Una voz entre las páginas

Era una tarde de sábado, de esas en las que no hay partidos de Liga y uno descubre que tiene unas cuantas horas por delante para leer. Sin mirar el reloj, sin estar pendiente de a qué hora empieza el fútbol. Una tarde entera para un buen libro.
Tenía uno allí, esperando desde hacía tiempo. Lo había visto muchas veces, había pensado en empezarlo, pero siempre terminaba cogiendo otro o dejando la lectura para después. Aquella tarde, por fin, le tocó.
No había avanzado demasiado. Apenas había dejado atrás el prólogo y entrado en el primer capítulo cuando una frase me hizo detenerme:
«Madurar es perder algunas ilusiones para empezar a tener otras».
Volví a leerla. Me resultaba familiar, pero enseguida comprendí que lo que reconocía era una voz.
La de mi amigo Manolo Lorente.
Manolo ya no está con nosotros. Compartimos muchos momentos de lectura y muchas conversaciones. Esa frase aparecía con cierta frecuencia cuando hablábamos de los años que íbamos cumpliendo, del acercamiento a la vejez y de cómo cambia nuestra manera de mirar la vida.
Aquella tarde la encontré impresa en un libro, pero la escuché como tantas veces se la había escuchado a él.
Me quedé un rato en esa página. Había empezado a leer con la intención de descubrir una historia y, sin haberlo previsto, estaba recordando una conversación.
Es curioso lo que puede hacer una frase. Podemos pasar por encima de muchas sin detenernos y, de pronto, llegar a una que nos devuelve a alguien. Recordamos cómo hablaba, qué palabras elegía, la manera en que expresaba una opinión. Incluso nos parece saber en qué momento habría hecho una pausa.
Con Manolo, aquella reflexión solía llevarnos a hablar de la edad. Ahora, al encontrarla de nuevo, me dio por pensar en las ilusiones que hemos ido dejando atrás y en las que han llegado después.
De jóvenes hacemos planes como si tuviéramos tiempo para cumplirlos todos. Con los años aprendemos que algunos se quedarán por el camino. Cuesta aceptarlo, sobre todo cuando parecían tan importantes. Pero también descubrimos que todavía hay cosas capaces de entusiasmarnos.
A mí me sigue haciendo ilusión empezar un libro, encontrar una historia que quiera escribir o saber que alguien se ha asomado a este rincón y ha dejado un comentario. Quizá hace muchos años habría imaginado otras cosas. Estas son algunas de las que hoy me acompañan.
Me habría gustado poder hablar de ello otra vez con Manolo. Contarle que había encontrado su frase en aquel libro que tanto me había costado empezar. Preguntarle qué pensaba ahora de ella. Seguramente la conversación habría dado para un buen rato. Y eso fue, en cierto modo, lo que me regaló aquella lectura: un rato para recordarlo.
Hoy, primero de noviembre, pienso que muchos llevamos dentro palabras que asociamos a personas queridas. A veces son consejos; otras, expresiones corrientes que hemos oído cientos de veces. Una frase de nuestra madre, una ocurrencia de un amigo, algo que decía un profesor y que entonces quizá no entendimos del todo. Después pasan los años y esas palabras aparecen donde menos lo esperamos. En una novela, en una conversación, en una página que abrimos una tarde cualquiera. Y volvemos a escucharlas con aquella voz.
Puede que quien escribió esa línea nunca imaginara todo lo que iba a despertar en nosotros. Tampoco podía conocer a Manolo ni saber de nuestras conversaciones. Eso lo llevaba yo a la lectura.
Por eso me gusta pensar que, cuando abrimos un libro, también llevamos con nosotros a las personas que han formado parte de nuestra vida. Algunas nos enseñaron a leer. Con otras compartimos historias. Y a muchas las reconocemos en detalles que, para otro lector, pasarían inadvertidos.
Aquella tarde continué leyendo, aunque durante un buen rato seguí pensando en mi amigo. El libro llevaba mucho tiempo esperando. Tal vez por eso me alegró aún más haberlo abierto justo ese sábado.
Había encontrado una frase conocida y, entre sus palabras, había vuelto a escuchar a Manolo.
¿Te ha ocurrido alguna vez? ¿Has tenido que detenerte en plena lectura porque una frase te ha traído la voz de alguien querido?
Si te apetece, cuéntamelo en los comentarios. Me gustará leerte y conocer ese recuerdo que un libro te devolvió.
Un abrazo.
Diego Santos
La puerta sigue abierta en diegosantosmarquez.com.
2 Comments
Uno y dos de noviembre. Todos los Santos y nuestros difuntos.
Días de recuerdos, donde aflora el sentimiento, de aquellos que se fueron.
El corazón siente las ausencias y trata de mirar en tus interiores, para seguir, con el pensamiento vivo.
Gracias Salvador. ¡Un abrazo!
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