El día que Istán se convirtió en Oviedo.

He tenido la suerte de presentar Loca Serenidad en distintos lugares y de encontrarme en cada uno de ellos con lectores, amigos y personas que se acercaron por curiosidad a conocer un poco más de la novela. Todas las presentaciones guardan algún recuerdo especial y sería difícil elegir una por encima de las demás, pero hay una que, por lo inesperado de lo que allí ocurrió, difícilmente podré olvidar.
Fue en Istán, un precioso municipio de la provincia de Málaga.
Llegué aquella tarde pensando que iba a presentar una novela y terminé encontrándome dentro de ella.
Quienes habían preparado el encuentro decidieron que Loca Serenidad no debía limitarse aquella tarde a estar encima de una mesa. Habían leído la historia, habían viajado conmigo hasta Oviedo a través de sus páginas y quisieron que algunos de aquellos lugares y personajes salieran por unas horas del libro.
Y entonces ocurrió algo maravilloso: Istán empezó a convertirse en Oviedo.
Allí estaba Mafalda. También La Regenta y, un poco más allá, Woody Allen. Tres de esas esculturas que uno puede encontrarse paseando por las calles de la capital asturiana y que también tienen su pequeño espacio dentro de mi novela. Evidentemente no eran las originales, pero durante aquella tarde tampoco hacía falta que lo fueran.
La sorpresa continuó cuando llegó el momento de hablar del libro. La entrevista no se hizo detrás de una mesa convencional, sino en una especie de mostrador de farmacia que habían preparado para la ocasión. Quienes hayan leído Loca Serenidad entenderán inmediatamente el guiño. Yo, desde luego, lo entendí nada más verlo y reconozco que me arrancó una sonrisa.
Pero todavía quedaba algo más.
Cuando terminó la presentación nos invitaron a pasar a otro espacio que habían preparado como si fuese el restaurante Delicias, otro de esos lugares que forman parte de la novela. Allí nos esperaba comida típica asturiana y, por supuesto, sidra para brindar.
Fue entonces, con la copa en la mano, cuando comprendí realmente lo que habían hecho.
Durante el tiempo que tardé en escribir Loca Serenidad, aquellos lugares solo existieron para mí de dos maneras: unos estaban en las calles de Oviedo y otros en mi imaginación. Después llegaron al papel, se convirtieron en escenarios de una historia y comenzaron a pertenecer también a quienes fueron leyendo la novela.
Y aquella tarde dieron un paso más. Alguien había leído mi libro con suficiente cariño como para querer entrar en él y, además, invitarnos a los demás a hacerlo.
Supongo que una de las cosas más bonitas que pueden ocurrirle a quien escribe es precisamente esa. Terminas una novela, colocas el punto final y piensas que has acabado tu trabajo, pero no es del todo cierto. A partir de ese momento comienza otro viaje sobre el que ya no tienes ningún control. El libro pasa a otras manos y cada lector imagina los personajes, las calles y los lugares a su manera.
Aquella tarde ocurrió justamente lo contrario. Fueron los lectores quienes me devolvieron mi propia novela. Convertida en un lugar por el que podía caminar.
Al terminar brindamos con sidra. Miré alrededor y durante unos segundos tuve que recordarme que seguíamos estando en Málaga.
Porque aquella tarde, al menos para mí, Istán se había convertido en Oviedo.
Gracias por compartir conmigo este ratito de domingo.
Un abrazo.
Diego Santos
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