El marcapáginas que nunca lo fue.

No ocurrió. O, al menos, no me ocurrió a mí, pero podría haber pasado perfectamente.
No medía más de unos centímetros. Era un pequeño trozo de papel térmico, arrugado y con la tinta empezando a desaparecer, de esos que guardamos en el bolsillo después de pagar y que unas semanas más tarde apenas nos permiten recordar qué compramos. Todavía podían leerse algunas cosas: bebida de avena, kéfir de mango, kombucha, toallitas desmaquillantes… Importe: 14,80 euros.
Para cualquiera que hubiese pasado por allí, aquello era simplemente basura. Un recibo destinado a terminar en una papelera o, en el peor de los casos, desintegrado dentro de una lavadora después de haber sobrevivido durante varios días en el bolsillo de un pantalón. Pero aquel pequeño papel había encontrado otro destino: estaba atrapado entre las páginas de una novela y llevaba allí quién sabe cuánto tiempo.
Alguien, en algún momento, había terminado de leer, había mirado alrededor buscando algo con lo que señalar la página y, al no encontrar un marcapáginas, decidió que aquel ticket de 14,80 euros podía cumplir perfectamente la función. Los lectores hacemos esas cosas.
Nos regalan marcapáginas preciosos. Algunos llevan frases de escritores, reproducciones de cuadros, fotografías de ciudades o el nombre de nuestra librería favorita, y nosotros los guardamos cuidadosamente. Lo curioso es que cuando realmente necesitamos uno nunca sabemos dónde lo hemos puesto y entonces empieza la imaginación: una entrada de cine, el recibo de un restaurante, una tarjeta de visita, un billete de tren, una fotografía, una nota escrita a mano, un sobre… Cualquier objeto suficientemente plano puede conseguir, sin haberlo solicitado, el título provisional de marcapáginas.
Pero lo verdaderamente curioso puede ocurrir muchos años después, cuando abrimos un libro que llevaba demasiado tiempo olvidado en una estantería y algo cae al suelo. Nos agachamos, lo recogemos y, antes incluso de regresar a la novela, nos quedamos mirando aquello que acaba de aparecer entre sus páginas.
Puede ser una entrada de cine y entonces intentamos recordar con quién fuimos a ver aquella película. O el recibo de un restaurante que nos lleva durante unos segundos hasta una cena que creíamos olvidada: quién estaba sentado frente a nosotros, qué celebrábamos o por qué precisamente aquella noche llevábamos un libro encima. Incluso puede aparecer una pequeña nota escrita a mano y sorprendernos reconociendo una letra que hacía muchos años que no veíamos.
Y ahí está lo maravilloso del asunto. Hay objetos que entraron en un libro simplemente para indicarnos por dónde íbamos y terminaron quedándose allí durante veinte años. Sin pretenderlo, aquellos improvisados marcapáginas se convirtieron en pequeñas cápsulas del tiempo.
Por eso vuelvo a pensar en nuestro ticket arrugado. Bebida de avena, kéfir de mango, kombucha, toallitas desmaquillantes… 14,80 euros. No sabemos quién lo dejó allí, tampoco qué novela estaba leyendo ni por qué tuvo que interrumpirla precisamente en aquella página, pero tengo una certeza: aquella persona salió de casa sin marcapáginas y solucionó el problema como hemos hecho todos alguna vez.
Y ahora sí, me gustaría conocer tu historia.
¿Cuál ha sido el marcapáginas más extraño que has utilizado?
No vale decir una loncha de queso. Aunque, pensándolo bien, si alguien lo ha hecho alguna vez, casi prefiero no saberlo.
Gracias por compartir conmigo este ratito de domingo.
Un abrazo.
Diego Santos
La puerta sigue abierta en:
18 Comments
Buenos días.
He utilizado como marcapáginas bolígrafos, pulseras de tela de alguna carrera deportiva, doblar la esquina de la página y hasta el envoltorio de un chicle.
¡Feliz domingo!
Gracias Miguel. Te creo, ya que hemos utilizado casi de todo como marcaáginas. ¡Un abrazo!
Una rama de romero. Y doblar la página.
Gracias amigo Fernando. Me alegra verte por estos lares. ¡Un abrazo!
Aunque tengo varios marcapáginas, la verdad es que casi siempre doblo una esquinita. Alguna vez he usado un bolígrafo o una lima de uñas, que tengo en una bolsita al lado del sillón donde suelo leer. Un saludo.
Gracias Mercedes. Asi es, cualquier cosa nos vale par no perder esa página. ¡Un abrazo!
Buenos días. Una vez cogí un libro de mi estantería para echarle una ojeada. Hace bastante tiempo. Y me encontré con un “Julio Romero de Torres”. Así que me fui a tomar unas cervezas. ¡¡ mira que bien!!.
Buen domingo.
Gracias Juan José. ¡Un abrazo!
Buenos dias!!
Pues a mí me pasó de abrir un libro regalado por una amiga hace 15 años y caer un boleto de la Primitiva..
Era una amiga muy querida..desde ese entonces.. lo guarde y lo utilizo siempre…
Buen domingo para todos
Gracias Lilian. Que curiosa esa historia de «tu marcapáginas favorito». ¡Un abrazo!
¡Vaya! Qué bien traído, Diego. Soy maniática de los marca páginas. Acumulo tantos como libros… aunque los más queridos suelen ser hojas grandes de árboles que, con el paso del tiempo, seco y plastifico.
Gracias Concha. Me encanta lo de las hojas de árboles, también tengo algunas. ¡Un abrazo!
Puedo improvisar cualquier cosa pero cuando abro un libro y encuentro una ramita con la flor,me da una pequeña alegría volver a verla es como si me estuviera esperándo para continuar donde la dejé, saludos
Gracias Helena. Si, da alegria cuando volvemos a ver ese marcapágina que improvisamos. ¡un abrazo!
Buenos días a todos.
Cuando no encuentro el marcapáginas, la verdad que con lo que más suelen jimprovisar es con un ticket de la compra, o un bolígrafo jajaja
Aunque es cierto que alguna vez que otra cuando abro un libro que hacía mucho tiempo que no lo hacía te encuentras un marcapáginas que ya no te acordabas ni que existías.
Gracias amigo José. ¡Un abrazo!
Buenas tardes, siempre utilizo cómo marcapáginas postales de ciudades o pueblos que visito! Un saludo
Gracias Raquel, me alegro verte por estos lares. ¡Un abrazo!
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